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Las ramas tiritan. Las tiesas ramas crepitan.

domingo, 12 de junio de 2022

ARRIBEÑO DEL NORTE [Carlos Villagra Marsal]

 

 Lo que haya – dijo el hombre – Cualquier cosa.
Cabalgaba a plomo, pero echándose un poco atrás de la cruz de su montado, como los chaqueños.
– No – dijo la vieja.
– Cualquier mandioca hervida – insistió el jinete con paciencia, se-ñalando el mandiocal mezquino.
– No – repitió la vieja.  Un temor como reciente trababa su voz – No tengo nada. Soy muy pobre – agregó mirando a sus espaldas, como si quisiera convencer al extraño indicándole el rancho ruinoso, o como si se moviera para huir de una vez.
– Pero algo has de tener, señora  – el arribeño hablaba suavemen-te, con fatiga, con bondad.
Había  llegado en un ruano de gran alzada casi al mediodía, cuan-do el Norte es bajo, sólo al nivel de un hombre a caballo, y sopla con su máxima fuerza.
La dueña del rancho lo vio en el momento que abría sin desmon-tarse la única tranquera, que daba al Sur.  Salió a su encuentro en la limpiada. Él le había pedido algo de comer, y ahora estaban allí, in-móviles en el insoportable reverbero, el hombre un poco lejano to-davía, alto y cansado en su ruano, y la vieja mujer como sin motivo, temerosa y enjuta, con el ruedo del vestido arrastrándose por la pol-vareda quemante, mientras el Norte se liaba y desenliaba en sus cuerpos y en la mata de los árboles bandeaba implacable la planta-ción canija y seguía royendo sin sosiego la tierra oscura.
– ¿De dónde viene? – la vieja encogió los ojos al mirarlo, como un gnomo astuto bajo el sol.
– De lejos – el brazo extendido del hombre se vinculó con un punto en las islerías azules  – De allá. Del Norte – el viento tallaba su lento rostro detenido entre el cielo y la tierra.
A la vieja le pareció entonces que él no era sino criatura del viento Norte resonante y lejano, traída en el viento asoleado para un des-tino cuyas secretas secuencias nadie (y él menos todavía) podría desbaratar.
Comenzó a pasarla el miedo, extrañamente.
– Puedo ir a ver si mis gallinas pusieron – dijo por último, y añadió como preguntando – puedo hacerle un estrellado.
– Y está lindo – contestó el hombre – Ya vale demasiado.
El ruano resopló largamente. Como si fuera una señal, el forastero desencogió las piernas y se puso cómodo sobre el apero, con una leve rotación de las caderas.  La mujer se dio cuenta de que ese exiguo movimiento era el primer respiro que el hombre se daba en mucho tiempo, el pequeño descanso verdadero en quién sabe cuántos días con sus noches de marcha alerta y desolada.
– Y llegue pues entonces, señor mío – en el lugar del miedo había compasión.
El hombre desensilló en silencio bajo un laurel canela como de ocho años.  Cuando sacó la jerga, del cuadrado húmedo y negro en el lomo del animal se evaporó el sudor en volutas verdosas. El olor pe-netrante mató al de la sombra limpia y al refrescante aroma de las hojas verdioscuras en tanto el arribeño ataba corto al ruano, con el cabestro, por el tronco todavía liso y delgado.
Luego se curvó con el peso de los arreos y se encaminó sin prisa hacia el rancho.  La vieja le esperaba casi bajo el solero: otra vez más se enfrentaron sus figuras sin sombra, siempre con el viento Norte llenándoles interminablemente la hueca de los oídos, levantando desde sus pies hasta el horizonte pilares de humo elemental.
– Es caliente el calor – dijo ella.
– Es caliente – confirmó el arribeño.
– Ponga allí sus calchas, señor mío, por el atraviesa – dijo la vieja.
Tendido en el catre de trama, el hombre pensaba. Su mirada erró por el declive del techo comido por los bichos, por las destruidas pa-redes francesas; por todas partes, el estaqueo desnudo marcaba los sitios donde el lodo rojizo se había desprendido; las manchas de luz encandilaban más que la del ventanuco y un polvo brilloso se agita-ba, colmando la penumbra. Arrimada a la tapia, una mesa vencida, cubierta por una palla marrón de suciedad y de tiempo, soportaba un nicho de madera repleto de imágenes. Distinguió un crucifijo, la Virgen de Dolores, una estampa grande del Corazón de Jesús, Santa Librada y dos florerillos con flores de papel.  En el candelero de ba-rro, frente al nicho, la vela se había acabado. Fuera del catre y una frazada raída, en el cuarto no había nada más. La vieja trajinaba en el cobertizo.  De pronto, oyó el chirrido de algo fritándose en la paila, y el tufillo acre de la grasa de vaca llegó hasta él.  El hombre cerró los ojos.
Al cabo de un momento la vieja lo llamó:
– Venga que, señor mío. Ya está toda la comida.
– Mejor que coma aquí – el arribeño se incorporó –. Norte está du-ro, y entra demasiado resol en el galpón.
– Y como le gusta nomás – dijo la vieja.
– Entonces él trajo de afuera un banco largo y angosto. Entró la mujer con lo que le había preparado, un champurreado de charque y huevos.  El hombre se sentó a horcajadas en el banco, colocó ante sí el plato enlozado y empezó.
La vieja se puso en la misma orilla de la cama y se soltó el rodete.
– Gran cosa es el hambre – dijo el hombre después de una pausa –.  Se me ocurre que estoy convirtiéndome en otro – aseguró.
La vieja iba poniendo con atención las horquillas en su regazo.
– Este charque no está bien hecho del todo – dijo –.  Ha de estar un poco pasado.
– A mí me gusta la carne azul – repuso él.
Tajaba la mandioca y los trozos grandes de cecina con su propio cuchillo, de hondo y acanalado acero de yatagán y mango de metal esmaltado.
– Cuando venía quise mariscar –  manifestó, removiendo con la punta de la cuchara un pedazo duro de yema. Al fin, agregó como disculpándose –: pero cuando se anda con apuro no se puede.
¿Le persiguen? La vieja se pasaba por las crenchas un peine fino de cuerno.
– Y además ya hacen dos días que mi recortado se descompuso completamente, y lo tiré – dijo el hombre para sí. Dejó de comer y le dijo, mirándole a los ojos –: Nunca podemos saber del todo lo que nos pasa.
Y siguió comiendo, agachado como un apacible animal, grande y hambriento.
La cuchara y el peine subían y bajaban, bajaban y subían, pausa-damente pero sin tregua, con movimientos que parecieron concerta-dos: el hombre empujó su plato vacío en el mismo instante en que la vieja empezaba a trenzarse de nuevo el pelo grisáceo.
Luego el hombre limpió cuidadosamente la hoja por los bordes del banco y envainó.  La vieja notó que guardaba el facón adelante, a la izquierda, y con la empuñadura hacia abajo.
– ¿Está satisfecho?
– De ley – el hombre se tocó la faja.
Todo el tiempo, la mujer lo estaba observando a su gusto. Tenía un buen porte; aun sentado era alto, grande y huesudo: su figura llena-ba casi la pieza estrecha, y sin embargo tenía un aire lejano, como si siempre estuviera de paso, o como si jamás llegara del todo a ningu-na parte.  Por lo demás, un cansancio tan viejo que ya era casi abs-tracto exaltaba sus pómulos y ardía en silencio por sus sienes, mien-tras la tranquila bondad habitaba su rostro tan naturalmente como su color moreno.
– Está lo bueno – el hombre pasó una pierna por encima del esca-ño, y quedó sentado frente mismo a la vieja, con las rodillas casi to-cándose –.  ¿Cuánto te debo, madre?
– Nada – dijo la vieja.
– Oh – dijo el hombre, con suave sorpresa –. No ha de ser así.
– No, nada, señor mío – volvió a decir la vieja. Ya se había armado el rodete, y ahora lo sustentaba con las horquillas que recogía del re-gazo.
– Pero había de ser que – protestó el hombre –.  No es capaz, que tanto hayas trabajado y penado por mí de balde.
– Nada, ya le digo – porfió la vieja –. Demasiado zoncería.
– Entonces yo voy a darte alguna zoncerilla también – el hombre hurgó en su bolsiquera.
La vieja le tocó el brazo.  De golpe, su voz se volvió vacía.
– Mire, hijo. ¿Para qué quiero nada más, si anteanoche se llevaron todo lo poco que tenía?
– ¿Quiénes? – la mirada del hombre se puso grave.
– No sé -.  Llegaron en mitad de la noche, entre muchos, pero uno solo con linterna. Me amenazaron.
– Bárbaro – dijo el hombre –. ¿Pero es cierto?
– Sí, y me quedé en el catre temblando y tiritando de miedo, entre-tanto ellos se llevaron todo – la vieja miró un rincón desierto –. Mi baúl con mi ropilla, y después mi azada, y mi machete, y mi lámpara también. Y esa lámpara es lo que más siento.
– ¿Qué clase de lámpara?
– Una nueva, hermosa que acababa de comprar – los viejos ojos le relumbraron como al perdido fulgor –.  Con su bronce dorado – hubo un silencio –.  Y el pueblo está lejos de aquí y la vela es cara, y encima está escasa por ahora.
– Pero qué bandidos – dijo el hombre con voz impersonal –, bandi-dos.
– Pero la revolución ya terminó, ¿verdad?
– Hace un mes – dijo el hombre.
– ¿Y cómo entonces siguen perjudicando y jugando por los pobres?
– ¿Y ésos que vinieron, eran montoneros o las fuerzas?
– Yo no sé de Ésos. Pero malicio que fueron mis vecinos. De aquí media legua hacia el Este, detrás de la isla Yryvukehá, está el puesto de los Cuéllar, una gente mala sin segundo.  Y un poquito más allá anda el Agüistín Segovia, otro también.  Y después, ya más allá, en el mismo labio del monte, tiene su chacra Solano Chamorro, un arriero de laya fea en el mundo.  Se dice por ahí que yo tengo plata, y quién sabe si por eso.
El hombre se puso de pie.
–  Y bueno – dijo con  toda seriedad –, tengo que pagar lo que debo. Me voy a ver si consigo topar lo que te sacaron. Puede ser.
– ¿Dónde? – dijo la vieja.
– Voy a pegar una vuelta por ahí. Puede ser que preguntando, pre-guntando, por allí donde me dijiste, encuentre alguna cosa.
El hombre alto se movió.
– Y lo que quiere hacer, tiene que hacer – dijo la vieja –.  ¿Va a to-mar tereré antes, verdad?
– No. Es bueno que vaya inmediatamente.
Hasta ese momento, habían conversado en guaraní. Ahora, desde la puerta, el hombre habló en castellano:
– He de conseguir tus cosas – su voz graveó sobre ella, solemne y como fatal –.  Lo que te quitaron.
La mujer no entendía español, pero asintió en silencio.
Ensilló rápidamente y montó enseguida. Ahora el Norte estaba más arriba, sobre los árboles.  La vieja metió en la grupa del lado de mon-tar el tasajo y la mandioca que le había dispuesto para su matula.
El ruano cabeceó vivamente.  La vieja aseguró los tientos.
– Muchas gracias – dijo el arribeño.
La pesada y dura luz de la siesta recortó el rostro con su extraño aire ausente, su antigua fatiga, su bondad entera y morena.
La vieja rozaba la pierna izquierda del jinete. De repente, se le an-tojó inmenso el caballo y vertiginoso el hombre y retrocedió tres pa-sos, porque todo el cielo descolorido se achicaba para caer como un rayo sobre su misma cabeza. Entonces supo que él era omnipotente o mágico, y su garganta se anegó de gratitud.
– Hasta luego– dijo el hombre.  El ruano giró.
– Hasta luego – dijo la vieja.
Hacia un rato que había entrado el sol cuando volvió. Ya en el alto cielo, el viento Norte deshacía las ligeras nubes de octubre.
La dueña del rancho no le oyó llegar.
– La vieja – su llamado era profundo y despacio.
Ella asomó al galpón y lo vio en la pequeña explanada, solo jinete del crepúsculo, firme la mano que sostenía la rienda, en tanto la de-recha cargaba un atado de ropa y una lámpara dorada.
– Me parece que estas son tus cosas.
La vieja se acercó. La mano descendió hasta las suyas.
El ruano dio un respingo.
– Cuidado el tubo – dijo el hombre.
– Eeh. Y es. Es mi lámpara. Y mi vestido colorado también. Y mi enagua. Más que muchas gracias solamente. Le agradezco tanto, se-ñor mío.  Pero le agradezco tanto, cómo voy a decirle – la vieja pla-ñía, como si su agradecimiento fuera una lamentación.
– Bueno, madre… bueno.
Con la última luz, ella pudo notarle todavía el aire transitorio y remoto, la fatiga sin tiempo y la bondad invulnerable.
Pero él volvió el torso, inclinándose hacia la grupa del lado del la-zo. Después de un momento, con la cara oculta, dijo:
– Y éste creo que es el que te robó – el torso se enderezó, el brazo describió una parábola violenta, y delante de la vieja fue a caer una cabeza humana. Quedó de costado, con la mejilla izquierda pegada al suelo. Un solo ojo blanco, abierto, parecía mirar vagamente.
Del hoyo del cuello rebrotó la sangre, más negra que la tierra o la sombra, formando un cuajo a los pies de la mujer.
Un tirón ya invisible de las riendas y el jinete, al lento tranco de su montado, se dirigió hacia la tranquera, hacia el sur.
El ojo muerto resplandecía.
Entonces, la vieja principió a gritar.
Pero los gritos se elevaron sin respuesta para siempre, mientras al paso del ruano que ya era como zaino tapado, el arribeño se sumer-gía poco a poco en la noche creciente, como si los gritos y el hombre y su caballo no fueran más que viento norte o sueño.

viernes, 24 de julio de 2020

La prensa y la cultura / regiones sin-circuitos

El periodismo cultural, como género, me inspira respeto y también suspicacias. Formosa cuenta sólo con un medio impreso que puede ostentar ese nombre, Día Seis. Otros intentos que emergieron esporádicamente o con duración sostenida y más o menos periódica apenas lograron coquetear con el género sin avanzar hacia un propósito lógico, el de comunicar/pensar las dimensiones de lo cultural.

No me interesa debatir qué sea lo cultural ahora, todos compartimos un concepto más o menos convencional en torno a su carácter colectivo diversamente instituido al interior de los grupos sociales que constituyen el pueblo (ese otro gag conceptual), valor o herencia p(m)atrimonial que significa una diferencia al tiempo que hace posible su hibridación voluntaria o forzosa, que tiende permanentemente a una categoría trans (que los puristas y esencialistas abjuran). Etc.

También sabemos de sobra que el periodismo desde sus orígenes es el marcador de la agenda noticiosa, tanto puede hacernos pensar de la debacle social y ecológica en las poblaciones rurales (cosa que muy pocas veces o nunca) como de las astucias de un bulldog que se cepilla sin ayuda (y las permutaciones del inocente perro por cacatúas y wombats).

El género cultural del periodismo (que en nuestras geografías es por supuesto un género subterráneo al no existir un circuito que lo apuntale), tiene la ventaja de poder marcar la agenda de un modo menos heterónomo, tal vez. Posee una libertad amplia de legitimación y visibilización de lo que ocurre en materia cultural. Quiero decir, quien comunica la cultura en estas coordenadas de frontera y sub-metropolitanas, sabe que sus consumidores tienden a pensar (en)(la) cultura. Son (somos) les galliformes conscientes que escarban para buscar la presa, en lugar de hincharse con el vitosan del patrón.

Esa debe ser la prerrogativa de les comunicadores culturales, cuando no hay circuitos culturales dinámicos, cuando éstos derivan entre estancos, reptan, conviven como sustratos débiles y sin cohesionarse, sin lograr un estímulo que los nutra, sin conseguir un consumo medianamente masificado y hospitalario (les consumidores culturales de provincia demandan, por maña, productos importados, no de exportación).
 
Horacio Pelayo

Digo, me pregunto ¿no debería ser esa la prerrogativa de les comunicadores culturales? He de cultivar un género que dignifique a les amables (pero incisivesy quisquilloses) consumidores que descienden a leerme. He de dibujarles circuitos o dinámicas culturales que elles no pueden ver, he de arrancarles los ojos de sus estancos oculares para que vislumbren, no lo que hay, sino lo que tal vez está por suceder con la cultura, he de trazarles una hipótesis de mirada ahí donde no pueden ver con sus órbitas sensoriales acostumbradas a las complejas arquitecturas musicales, líricas y novelísticas, importadas desde los grandes centros comerciales.

No siempre se tiene la posibilidad de demostrar, desde las hojas masificadas de la prensa (también hojas perentorias, pues la tinta y el papel periódico siguen siendo el documento masivo por excelencia, sólo acechada por incendios monumentales y desenlaces escatológicos), que poseemos el espacio y la palabra para pensar una (otra/s) categoría multiforme y heteróclita, que no somos presas del capricho ajeno o de los pulsos del rating. Y que tampoco somos presas de nuestros propios caprichos artísticos, musicales, literarios, o nuestros lazos de camaradería (“fulano, sos todo un faro, voy a hablar de tus lámparas”).

Las hojas de prensa cultural no pueden ser un derroche. En tiempos de pandemia, la cultura y les hacedores culturales son uno de los sectores no comerciales más afectados. Malgastar el espacio en el que elles podrían estar pensándose de una manera auténtica es apresurar la extinción de nuestro propio espacio como comunicadores. Como portadores de culturas, discursos, símbolos, somos también portadores de temporalidades diferidas, cada une ha desarrollado a su ritmo y dentro de sus posibilidades una trayectoria cultural específica.

La comunicación y el periodismo cultural de las regiones sin circuito podrían aprovechar esa multiplicidad, imitarla, transmitirla, o al menos pensarla, en una fracción mínima de espacio. Siempre que el espacio, cuanto más reducido, más estanco, y ello significaría una omisión deliberada y extendida de las dinámicas.

Siempre que el espacio en blanco, cuanto más amplio, más desierto, y ello significaría omitir e imponer el silencio sobre los intercambios humanos y el potencial creativo inmediato.

martes, 31 de julio de 2018

miércoles, 12 de octubre de 2016

12 de Octubre - Día del Respeto a la Diversidad Cultural (Lámina)

Lámina informativa realizada con la colaboración de los investigadores del Instituto de Investigaciones Lingüísticas, dependiente del CONICET y la Universidad Nacional de Formosa.
Dra. Alejandra Vidal, Dr. Ignacio Telesca, Dra. Verónica Nercesian, y los becarios Silvina Paz, Celeste Baiocchi, Analía Torina, Daniel Blanco, Gustavo Aquino, Rodrigo Villalba Rojas.

martes, 22 de septiembre de 2015

RAYUELA [Julio Cortázar]

La novela que sugiere lectores, también nos sugiere sus etapas de lectura. Aquí, una colección de varios capítulos de Rayuela (1953), pertenecientes a la "lectura macho".

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